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miércoles, 5 de octubre de 2016

Una estación con vida propia. La parada ferroviaria de Olmedo (Valladolid)

Artículo de Javier Carrión para Diario de Valladolid

El artista Félix Orcajo mantiene en pie la inactiva terminal de Olmedo, donde vive alimentando un pensamiento que huye de las convenciones y del «ocio programado».

Tener que elegir una casa próxima a un aeropuerto o a una estación puede ser un castigo para la mayoría, aunque para algunos vivir en esos lugares sea la mejor decisión de su vida. Rodeada de árboles, plantas y esculturas, la parada ferroviaria de Olmedo (Valladolid) ha renunciado a sus raíles y andenes para dar espacio a su único habitante, que ha evitado que el edificio sea devorado por una bola de demolición. Tras varios años fuera de servicio, el ladrillo de la estación recibió a Félix Orcajo y a dos amigos suyos en 1998, quienes solo buscaban un lugar donde poder dar rienda suelta a su libertad.

Sin embargo, las diferencias de intereses hicieron que el artista burgalés se quedara solo hace un lustro y pasara a ser el «restaurador anárquico» de un recinto que Renfe dejó «desbaratado», confiesa Orcajo a Ical. Desde entonces ha decorado la estación a su gusto hasta convertirla en un «típico» taller de artista, donde cada día se lanza a una «práctica furiosa» de lo más variada.

Aunque lo suyo son las artes plásticas, ha acompañado sus esculturas de los numerosos árboles que ha plantado tanto en la entrada como en el espacio que hace años utilizaban los trenes para pasar por Olmedo.

El panorama hace pensar que Orcajo ha dotado al pueblo de un espacio dedicado a las visitas turísticas, pero nada más lejos de la realidad. El burgalés reconoce que ha aportado su grano de arena al pueblo con esta «obra social», pero recuerda a los curiosos que es él, y no el Ayuntamiento, quien tiene alquilado el edificio a Adif, aunque deje que los vecinos observen y visiten el lugar. Solo traspasan el límite aquellos visitantes que destrocen o no respeten sus propiedades y creaciones.

Quizás por eso su vivienda se encuentre en el piso superior de la estación, en el que un urinario, un semáforo en verde y un banco de peces de madera coloreados sustituyen a esos populares felpudos con la inscripción welcome (‘bienvenido’). Al fondo de la estancia y cerca del dormitorio se erige la chimenea que suaviza los inviernos de Orcajo, que decidió calentar su casa con leña en lugar de con los aparatosos radiadores de Renfe. En un día de verano, un termómetro de mercurio le indica al artista que es la hora de ir a la piscina, su «única manera» de refrescarse y hacer deporte.

Aunque muchos rechazarían este ambiente para vivir y desarrollarse personal y profesionalmente, Orcajo está convencido de que lo marginal «es lo mejor para crear». «La cantidad de libertad que tengo en estos espacios es grandiosa», confiesa el artista, quien ve la estación como un enclave que le ha dado más de lo que él le ha aportado: ser su propio dueño y forjarse «una identidad independiente».

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Orcajo nunca ha sido un jardinero profesional, pero sus habilidades con las plantas le han valido un puesto de trabajo en el instituto del pueblo. Allí aplica lo que se puede ver tanto en la entrada como en el interior de la estación, aunque no es ni mucho menos lo único que ocupa la rutina de este artista. Las labores de amo de casa, mantenimiento y de limpieza de su hogar le han convertido en un «seis en uno» que saca tiempo para sus creaciones y para un ocio creado por y para él.

Gracias a que tiene sus «propias maneras» de relajarse, Orcajo consigue estresarse «lo justo» y descansar lo suficiente para afrontar cada día como si fuera el último. De hecho, asegura que nunca bosteza porque no utiliza despertador ni tiene tiempo para aburrirse . «Me enfrento a cada día con la misma ansiedad y los mismos nervios», recalca el ‘dueño’ de la estación al pie de un vetusto letrero que corona la ventanilla donde antes se despachaban billetes.

A pesar de que el último tren pasó por Olmedo hace mucho tiempo, Orcajo está lejos de sentirse solo, al menos en su concepción del mundo. «Nunca te sientes solo porque siempre hay gente que tiene tu mismo parecer», sostiene este creador, al que también reconforta la presencia de los insectos y las plantas que le acompañan en su día a día. Admite que pueden existir diferentes tipos de soledad dependiendo del ámbito social en el que alguien se encuentre, pero ve la suya como una «felicidad».

En lo que respecta a su profesión, Orcajo sopesa la posibilidad de exponer algunas de sus obras en las próximas fechas en algún museo. Aunque estos centros «adocenan» y encasillan a los artistas, cree que sería capaz de entrar en esa estructura siempre que pudiera excederse lo suficiente como para sentir que no va en contra de su propia forma de pensar. «No seré un artista de éxito porque son ellos los encargados de consagrar», asume el burgalés, refiriéndose a estas entidades, a las que califica como «muy herméticas» por las escasas convocatorias públicas que realizan.
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